Sacristan
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Hastahace algunos años, la campana en el ámbito rural, y Quintanilla era un ejemplo evidente de ello, era el medio de aviso y comunicación a través del cual se estructuraban los hechos alrededor del cual se estructuraba la vida del pueblo marcada por el ritmo de las horas y de los acontecimientos. La voz de la comunidad eran los toques y los repiques de las campanas. Diariamente, tres veces al día, excepcionalmente tres, cuatro o más se oía su tañido. El último campanero de Quintanilla, el tío León, fue el exponente de una generación de oficios que han ido desapareciendo paulatinamente.

Aún hoy todavía es posible escuchar algunos de los toques de campana de antaño. El del alba, el del mediodía o el de la oración han desaparecido por completo porque el reloj los ha suplido y el campanero, en nuestro caso el sacristán, ha dejado de existir

                    

La figura del campanero era clave en el devenir del pueblo. Tenía un pequeño sueldo que si bien no le daba para vivir contribuía a hacer más llevadera la siempre difícil situación por la que atravesaban la mayoría de las familias.  En algunos casos, determinados acontecimientos, como las bodas, suponían una paga extra o unas perrillas más que llevarse. 

Los toques eran diversos y variados en función del hecho que lo generaba. Una misa, un incendio, una defunción, un acontecimiento festivo… daba lugar a que la campana sonase con toques o con repiques. 

Toque del alba. En tiempo de verano tenía lugar a las 6 de la mañana, en tiempo de invierno a las siete .

Se representaba mediante cinco golpes de badajo y así hasta treinta campanadas. Después tres campanadas mucho más lenta. El espacio entre un toque y otro era tal que se podía contar. Se dice que se relacionaban con la edad de Cristo.

Toque del mediodía. O popularmente “a comer”. Anunciaba las 12 horas a las gentes del pueblo, particularmente a aquellas que se encontraban en el campo para que fueran dejando de trabajar. El sistema de toque era un golpe de badajo y uno de la campana grande. Así 12 veces, el último toque quedaba unido a la esta hora. La velocidad dada era la máxima que permitía las cuerdas que unían al badajo de las campanas. Por lo general, los toques solía realizarlos el sacristán (el tío León) desde abajo, donde colgaban las cuerdas junto al confesionario.

Toque de oración.  Cinco toques de badajo, otros cinco de la campana grande. Así hasta nueve veces.

Toque de misa. El primer toque sonaba como un cuarto de hora antes de su comienzo y consistía en el toque de repique de ambas campanas y terminaba con unos toques intermitentes de una y otra.  El segundo toque igual que el anterior pero sin repique, sólo unos cuantos toques anunciando que apenas faltaban diez o menos minutos. El tercer y último toque, lo mismo que el segundo anunciando que apenas faltaban cinco minutos.

Toque de difuntos.  Se emitía mediante un golpe de badajo de la campana pequeña y otro de la grande de manera pausada. Se trataba de un toque de larga duración con cambio lento y paulatino de la velocidad. A la hora del entierro se tocaba uno antes de la misa y otro después; el primero duraba desde la salida del cortejo de la casa mortuoria hasta la llegada de la iglesia; el segundo duraba desde la salida de la iglesia hasta la llegada al cementerio. Además de acompañar los entierros, previamente este toque servía para anunciar el fallecimiento, tanto si el muerto había fallecido en el pueblo como fuera de él. Antiguamente los toques diferenciaban el sexo y la edad del fallecido: tres toques si se trataba de un hombre; dos si era una mujer; y se tocaba a gloria cuando era un niño.

Toque de fuego.  Se volteaba una de las campanas y se daban toques de badajo con la otra. Así repetidamente durante un largo rato. Era la manera de llamar y convocar al vecindario tanto del pueblo como de los limítrofes.

Toque de rogativas. Repique con el badajo de ambas campanas. Se hacía en las Rogativas acaecidas para pedir agua y también en la bendición de campos. Duraba tanto como duraba la procesión.

Volteo. Normalmente ocurría en las celebraciones festivas y por lo general el día de la víspera. En la procesión se voltean una o las dos campanas, siempre que haya voluntarios que se presten a voltearlas, ya que al menos se necesitan más de dos para poder mantener la intensidad y el relevo. El cansancio es notorio e incluso el peligro.